Seremos la obsesión
de nuestras almas;
de la imaginación
seremos calma.
Seremos la obsesión
de nuestras almas;
de la imaginación
seremos calma.
Entretenida estaba esa lectura, aunque algo pesada para leer mientras caminas y el sol es demasiado brillante para ir bajo él, pero el viento es demasiado frío como para no ir bajo el Sol.. qué dilema.
Veo a mi derecha y va este hombre, con gorro para el frío, en moto, pero sin chaleco ni casco con su placa. Raro.
Y me ve, y lo veo, y nos vemos, y mi mirada es fija, fuerte, dudosa, cuestionante, como si lo inculpara por lo que los dos sabíamos quería hacer. Y mejor ve para otro lado.
Entonces empiezo a preocuparme, voy más despacio, pongo el separador y cierro mi libro, mi mirada fija en este motorista falso, que me acechaba, que quería mis pertenencias. Me doy la vuelta y todavía alcanza a ver cómo desacelera y curva el manubrio hacia mí, siguiéndome, buscándome.
Escucho el motor, pero ya no lo veo, sólo veo venir a dos señoras, que me observan asustadas. Y siento el motor de la moto acelerándose, lo sentía tan cerca, tan cerca, y corro, y corro más rápido, y se acelera más. Llego con a la esquina de la cuadra y veo pasar al motorista. Había corrido media cuadra hasta llegar a la esquina, y sentí que sólo fueron unos paso, pero cuando el motorista curvó la cuadra, me di la vuelta de nuevo, respiré, vi a las señoras, las rebasé... sístole, diástole, adrenalina, noradrenalina, síndrome de adaptación general...
Y corrí más rápido, corrí, corrí, corrí y corrí, pero no fue una carrera de resistencia, sino de velocista, porque corrí y corrí, unas cinco calles, y escuchaba el viento estrellarse contra mi rostro, sentía que en cualquier instante aparecía el motorista de suéter gris.
Giré en ángulo recto y subí las avenidas, hasta llegar a la séptima, y mi mente seguía en blanco, sólo corría y corría, ansioso, y el sonido del motor de la moto retumbaba todavía en mi mente. Y luego di gracias a Dios, por librarme de esto.
Luego me doy cuenta que mientras corría boté el separador de mi libro, y perdí la página.
Casi me asaltaban, y yo pensaba en el separador.
Son ya las seis y media de la tarde y decido cruzarme la calle hacia el transmetro porque ya no aguanto la pierna, está que me mata, y las quinimil gradas de la pasarela son un reto sobrehumano por ahora.
Me cruzo por mi cuenta porque el oficial no está poniendo ni atención a sus pensamientos, y mucho menos está atento a quien pueda necesitar ayuda. Como puedo me atravieso frente a un mercedes que venía algo lento, y luego un toyota, creo, que no tuvo de otra más que desacelerar al verme cojear.
Logro llegar a la entradita que tienen allí, esa que dieseñaron para ayudarnos a los que nos cuesta subir gradas, pero mi sorpresa es que esa entradita está cerrada, qué digo, cerrada es poco, tiene al menos medio metro de alambre de cobre delgado enrollado entre la manija de apertura/cierre y la traba. Maldita sea. Quise gritar "policía, venga a abrirme acá", pero la voz no me iba a salir ya de lo enfurecida que iba, y para variar me voltea a ver y nos miramos a los ojos y el descarado voltea rápidamente la mirada hacia su izquierda, como buscando qué hacer para ignorarme. Sentí cómo la furia ascendía hasta mi frente, y me guardé el grito de hijo de perra, no me ignore.
Entre mis conjeturas, y para enfurecerme más, me puse a pensar, estos infelices no me van a poner atención; pero no, no me voy a regresar. Hice unos ademanes un tanto vistosos, pero más furiosos que amistosos, para que alguien me viere. Y quién me ve, el poli, con su traje color verde chingalavista se acerca y con un tono pesado, malhumorado y de gordo pisado me dice:
- No, no, váyase.
- ¿Que me vaya?, mire, pero yo no puedo subir gradas.
- Ustedes se cruzan corriendo la calle y después no pagan allá arriba, y quieren que les abran y los dejen pasar.
- Mire usté, no sea inepto y ábrame la puerta que ya vengo esperando un buen rato a que me pongan a tención y ustedes sólo se hacen los mudos, si pudiera caminar con gusto me subo sus putas gradas, que no me cae mal el ejercicio.
- Hmmm.
- Qué no ve que tengo chueca la pierna, soy una señora honrada y no voy a estarlo jodiendo sólo porque sí.
- Vaya doña, pase.
Y yo ya como la gran chingada madre, no sólo me trata con el peor irrespeto posible, sino que se enoja, para qué pisados se mete de servidor público.
Hice la cola, con los humos hasta la cabeza, pero me lo tragué. Después de esperar unos veinte minutos en la parada llegó el bus más repleto que otra cosa, pero me subí como pude. Estaba en la parada del trébol, y ya iba camino hacia la parada de reformita, pero yo me bajo en las charcas para tomar el que regresa a la reformita, así camino dos cuadras menos; no es por huevona pero bien que me alivia caminar menos.
Gracias a Dios llego a mi casa, me recibe el perro, como siempre, y m'hijo no había encendido la luz de la calle, así que entré a oscuras. Salió a saludarme, andaba escuchando música en la computadora, como es ya su costumbre en la noche, en el féisbuc andaba también supongo.
Me quedé hablando con él y le conté cómo entristece ver que pasen esas cosas, le conté la anécdota, y se fue. Me cambié de zapatos, me puse chancletas, me quedé jugando con el perro que siempre se queda en mi cuarto cuando vengo de trabajar. Sentí el olor a orines de la gata que mi otro hijo no había limpiado, pero ya es costumbre, ahora me voy a preparar la cena.
Autor: Max Carrillo
Y sí, nos quedamos en la terraza con mis dos hermanos, Pablo y Olga. No sé qué le pasó a mi mamá, si se fue al mercado como solía hacerlo, sin falta a las diez de la mañana, o si simplemente estaba ya harta de nuestro alboroto; en especial el de pablo, que no paraba de joder.
Como sea, nos quedamos afuera, al aire, bastante alegre porque nos poníamos a jugar con la tierra de las macetas, tenta, gallina ciega. Mi hermana Olga tenía unos 5 años entonces.
Después de una hora de andar papaloteando y lanzándole piedras a la gente que pasaba por la banqueta, a esta niña, mi hermana Olga, se le ocurre aflojar el esfinter y ya no se aguantaba las ganas de hacer popó. Y empieza a lloriquear y a gritar, berrinche, jodedera y que la gran puta, no se caballa la ishta fregada.
Ya andábamos algo desesperados de andar ahí afuera, y ni a patadas se abría la jodida puerta, y la patoja seguía llorando y gritando que quería hacer caca; y se acerca mi hermano y dice "cagá en esos periódicos", y ni dos veces era de decírselo, se pone a hacer popó ahí; qué alivio, se notaba la satisfacción en la cara de mi hermana, nunca la había visto con esa expresión, y el popó sonaba al caer sobre las hojas de periódico.
No recuerdo ni cómo se limpió, pero recuerdo que Pablo (mi hermano) agarró el periódico y envolvió la caca y la lanza al patio del vecino, y nos atorábamos de la risa, pasamos así como cinco minutos, se me salían las lágrimas, sentía cómo se contracturaban los músculos del abdomen, y veía a mis hermanos volstéarse en el suelo de tanta risa.
Silencio.
Era mi mamá que había abierto la puerta de la terraza y salimos corriendo hacia dentro de la casa; a eso de las 5 de la tarde se enteró de la caca en el patio de Dona Nora, y la puteada y pateada que nos pegó mi papá no me hacía olvidarlo, y me seguía atorando de la risa.
"Patojos pizados de remierda, quién putas les enseñó a hacer esas patanadas... Vos Pablo, ishto desgraciado, qué putas pasa con vos"...
A mis 47 años, me sigo cagando de la risa cuando hablamos con Olga; hasta mi mamá se ríe.
Autor: Max Carrillo
Acá el linK:
Entre los matorrales desperté desorientado, deslumbrado y totalmente adolorido... Sólo recordaba su vestido negro, su cabellera ondulada, su figura curvilínea... rápida, recia.
Me levanté varias horas después, cuando la fuerza de mi cuerpo había regresado a su forma original, me desorienté aún más, pero logré sostenerme... Comencé a caminar, sin saber dónde me encontraba, o a dónde iba, o cómo había llegado ahí. Escuché el correr de las aguas de un río cercano, me premedité, y avancé desesperadamente a la orilla para conseguir saciar mi sed; lavar mis brazos y mi cara, despejar mi mente... Realmente estaba perdido, sólo notaba árboles, flores, hojas, ramas, troncos, humedad... No estoy seguro cuántos días pasé inconsciente caminando bajo la sombra de aquéllos abedules, pero de algo estaba seguro: necesitaba comida, agua y ayuda.
Como pude, armé una lanza, creo haber utilizado la rama de un árbol y una piedra en forma de flecha, las cuales até con las pitas de mis zapatos deportivos. Ahora estoy sentado sobre este tronco podrido, y no sé cómo cazar, no sé cómo sobreviviré... De pronto se asomó un jabalí, pequeño, pero con suficiente carne para alimentarme. Me desaté en furia y adrenalina, con los ojos abiertos y completamente eufórico ataqué al jabalí, lo perseguí durante varios kilómetros, hasta que mi oportuna lanza atravesó su cuello, dejándolo muerto al instante. De su sangre y entrañas me alimenté, así le di fin a mi hambre y a mi sed. Me recosté en el seno de un inmenso árbol, y dormí por horas, hasta el anochecer, cuando la lluvia me robó el sueño...
Al recobrar por completo la consciencia, mi alrededor se había distorcionado de tal forma que la junga húmeda y calurosa donde me encontraba ahora se parecía a mi patio trasero... y la lluvia nocturna que se llevó mi sueño era la regadora de césped...
Vino a mi mente la imagen de aquélla dama de vestido negro... su delicada mano en mi bebida burbujeante... Y en ese instante mi amnesia desapareció...
¡Malditas parrandas, malditos hongos!
Más emocionante y mejorado, mi blog en blogspot.
http://elhumoenlacueva.blogspot.com/
Para los pocos (o ningún) seguirdor de mi blog :D
Hoy quedé postrado ante la ausencia total de inspiración, y me pregunté si en algun momento podríamos agotar la creatividad y la imaginación. Cómo saber cuando tu trabajo se está volviendo la voz de los que lo compran, en lugar de ser la voz de tu corazón.
Veo cada día echarse a perder generaciones enteras de gente, pseudoartistas, que protagonizan nuestra obsesiva necesidad de novedad, de consumir, de satisfacer nuestra superficialidad con acciones tan supérfluas. Es tan desconsertante que tengo que parpadear varias veces para ver que vamos en decadencia; maldita ignorancia, maldito conformismo.
Quiero volver a vivir sin preocupación, pero no puedo simplemente darle la espalda a mi sociedad, aunque no me sienta parte de ella, lo soy, y es obligación nuestra luchar por una buena sociedad.
El ciego será líder en el país de los ciegos.